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jueves, 17 de julio de 2014

¿A qué huelen las tías?

He pasado unos días fuera, han sido días de vacaciones, en la playa, pero han sido muy tristes, he tenido que guardar mi tristeza para que mi hijo no la notara demasiado. He perdido a mi tía, la que iluminó mi infancia, la que me dibujó las vacaciones, la que vistió de fiesta mis fines de semana cuando iba a visitarnos. Es muy duro entender que ya no la volveré a ver, que no oiré más su voz y que no percibiré más su olor, ese olor que tengo guardado en un lugar especial y que no he dejado de reproducir desde que recibí ese mensaje devastador.
He estado pensándolo y he llegado a la conclusión de que mi tía Valle olía a aceite de jojoba y ginseng y creo que sé a que huelen todas mis tías, la tía Teresa olía a una crema para el pelo de wella, la tía Nivaria a germen de trigo y jalea real, la tía Maritza a aceite de almendras, la tía Leya a mango y mi Nere a suspiros y ponche crema.
Todas esas fragancias son recuerdos de mi infancia, recuerdos de momentos felices, momentos que sólo las tías son capaces de producir, todos los niños deberían tener al menos una tía, no importa que no sea de sangre, hay tías postizas que pueden hacer el mismo efecto. Momentos tan especiales como cuando íbamos al aeropuerto a buscar a mi tía Valle, como esos paseos por la playa recogiendo conchas o como cuando me llevó al cine a ver "la historia sin fin". 
En momentos como este es cuando lamento la distancia, me duele no haber estado a su lado, pero pienso en todos los momentos que vivimos juntas y en su olor a jojoba y eso me hace sentir mejor.

sábado, 28 de junio de 2014

Mi miedo lo condiciona


Ayer por primera vez mi hijo de 5 años estuvo en la piscina sin churro, ni manguitos, ni flotador de ningún tipo. Hasta hace muy poco ir con él a la piscina parecía más un castigo que un momento de diversión, pero este verano los dos nos hemos propuesto vencer nuestros miedos y que aprenda por lo menos a flotar. Yo quería que fuera a clases de natación hace como 3 años y esto nos costó un disgusto en casa, su padre dijo que no, porque le iba a dar otitis... y no fué. 
Bueno, ayer al ver a mi niño en la piscina, recordé mis clases de natación, yo me lo pasaba bien en el agua, pero no me gustaba tener que esforzarme en ciertos ejercicios y menos aún el calentamiento (teníamos que correr por una pista de atletismo que había alrededor de la piscina antes de entrar al agua), esto me hacía protestar cada vez que tenía natación y a esto se le sumó el hecho de que me salieran unas burbujitas de agua en las axilas y me sacaron de las clases de natación.
Ayer sentada en el bordillo de la piscina mientras veía a mi hijo con su padre, disfrutando de estar allí como un niño mayor, estuve todo el rato pensando en como influyen nuestros miedos en el desarrollo social y personal de nuestros hijos y pensé en otras situaciones:
Un día que mi marido se atragantó con una espina de pescado y al contárselo a su madre, ella le dijo impulsivamente: "ya sabes lo que tienes que hacer, no comas más pescado" ehhhh??? ¿esa es la solución? Si la niña protesta porque tiene que calentar antes de nadar, la sacamos. Si el niño se traga una espina, que no coma más pescado. Y yo me pregunto, ¿no sería mejor hacerle entender que el calentamiento es necesario, o sentarnos a enseñarle a quitar las espinas, en lugar de decirle que no coma pescado?
En el fondo, cuando hacemos estas cosas o cuando buscamos excusas para que los hijos no hagan ciertas actividades, lo que estamos manifestando es nuestro miedo a que les pase cualquier cosa, un miedo irracional en algunos casos. Cada vez que mi hijo viene del colegio con una circular que anuncia una excursión, lo paso tan mal... comienza a librarse una batalla interna entre mi cerebro y mi corazón, por un lado está esa angustia que siento al saber que tiene que subir a un autocar, ir a no se cuantos km de distancia del colegio, comer quien sabe que, beber agua de cualquier botella, que le dé el sol sin protección, etc, etc, etc. Por otro lado está la certeza de saber que se lo va a pasar en grande, que será una experiencia que recordará toda la vida, que ir a una excursión con sus compañeros de clase lo harán formar parte de un grupo que comparte más allá de las aulas y entonces me digo a mi misma: Marta, no le va a pasar nada, tienes que confiar en los profesionales, el señor conductor ha sido preparado para llevar el autocar, los profes y monitores están perfectamente capacitados para manejar el grupo y cuidar que nada malo les pase, los que preparan la comida saben lo que hacen, estarán en un lugar controlado y preparado para recibir grupos de niños y aún con todos mis miedos, me armo de valor y firmo el dichoso papelito. 
Las primeras veces, hablaba con el conductor, revisaba los cinturones de seguridad, me quedaba llorando en silencio, llamaba al sitio donde iban para saber si habían llegado bien y no contaba nada a nadie, porque sabía que mi miedo no tenía razón de ser, ahora me quedo para despedirlos junto con otras mamás y aunque me sigue dando miedo ya no soy tan paranoica y me siento mejor conmigo misma, me siento orgullosa de que mi cerebro vaya ganando esas batallas internas, porque se que todo lo bueno que le aportan estas excursiones a mi hijo superan todo lo malo que me aportan a mi. Todavía no estoy preparada para se vaya de campamento a dormir una semana fuera de casa o para que se vaya a la playa con los abuelos, pero tiempo al tiempo, seguro que cuando tenga 15 ya no me dará tanto miedo jejeje.

domingo, 15 de junio de 2014

No lo sentencies

Tanto va el cántaro al río hasta que al final se rompe, esta frase que indica que el repetir muchas veces una acción puede desencadenar en un resultado nefasto, me viene muy bien para explicar lo que opino de llamarle a los niño, malos, tontos, bestias, subnormales y un sinfín de adjetivos que se usan a los ligera sin pensar en las consecuencias negativas que pueden tener estos comentarios en la vida del niño.
Hace unos días lo hablaba con unas mamás del cole y una de ellas dijo: no soporto que mi marido se refiera a mis hijos como "bestias pardas". Supongo que ese padre no lo dice en el sentido literal, pero eso no lo justifica.
Debemos pensar que la mente de los niños son tan puras e inocentes que se creen todo lo que les decimos, si estás constantemente diciéndole a tu niño ¡eres muy malo! o ¡qué tonto eres!, lo más seguro es que se lo termine creyendo y actúe como tal.
Recuerdo una escena de cuando tenía unos 11 años, estábamos en casa, mi madre, mi hermano pequeño, una vecina y yo. El niño no paraba y mi madre le decía: ¡te vas a caer!, la vecina le dijo: no lo sentencies, mejor dile te cuidado de no caerte, o bájate de allí. Esa conversacion se me quedó grabada e intento aplicar el consejo siempre. Lo mismo pasa con los adjetivos, prefiero decirle a mi hijo lo buen niño que es, lo mucho que lo quiero, lo bien que ha jugado en el partido del fin de semana y lo orgullosa que estoy de ser su madre, quiero que los recuerdos de su infancia sean positivos y que crea que es capaz de triunfar, que es capaz de alcanzar sus metas.